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¿A qué edad tiene sentido plantearse un lifting facial?

No hay una edad exacta para hacerse un lifting facial. La franja más habitual en consulta va de los 45 a los 65 años, porque es cuando la piel y los tejidos profundos empiezan a mostrar una flacidez que ya no responde a tratamientos no quirúrgicos, pero la decisión depende mucho más del estado real de cada rostro —piel, grasa, hueso— que del número de años cumplidos. Algunas personas se benefician de operarse antes de esa franja; otras, bastante después; y hay quien, por su genética o su estilo de vida, no llega a necesitarlo nunca. Esto es lo que realmente valoro en la primera consulta para decidir si es el momento.

¿Por qué se habla de los 45-65 años como referencia?

Es en esa etapa cuando confluyen dos cambios que ya no responden a un tratamiento tópico, a un relleno o a hilos tensores: la piel pierde elasticidad y empieza a sobrar sobre la estructura de la cara, y el sistema muscular y fibroso que sostiene los tejidos profundos —el SMAS— pierde tono, lo que provoca papada, surcos marcados junto a la mandíbula y mejillas descolgadas. Antes de esa etapa, buena parte de esos signos se puede mejorar con procedimientos menos invasivos, y en consulta suelo recomendar agotarlos primero si son suficientes. A partir de ahí, la piel sobrante y la falta de soporte profundo ya no se corrigen sin reposicionar quirúrgicamente los tejidos. Es una referencia estadística, no una norma: he valorado a pacientes de 38 años con una flacidez ya avanzada por herencia genética, y a otros de 68 que apenas la necesitaban.

¿Tiene sentido operarse antes de los 45?

Sí, en un grupo concreto de pacientes: personas con un envejecimiento facial acelerado por genética, exposición solar intensa mantenida durante años o tabaquismo, que ya muestran papada o surcos marcados en el tercio inferior de la cara pese a su edad. En estos casos, un lifting facial limitado —centrado en cuello y mandíbula, con una incisión más corta que la de un lifting completo— suele ser suficiente y ofrece una recuperación algo más rápida, aunque su resultado dura menos tiempo porque trata menos extensión de tejido. Lo que no recomiendo es operar de forma preventiva a alguien sin flacidez real, solo por adelantarse a ella: la cirugía corrige un problema existente, no evita que aparezca en el futuro, y adelantarla sin necesidad real expone a un riesgo quirúrgico que no compensa el beneficio esperado.

¿Hay un límite de edad a partir del cual ya no se recomienda?

No hay un límite fijo. Lo que determina si una persona de 70 u 80 años es buena candidata no es la edad en sí, sino su estado de salud general: función cardiovascular, control de enfermedades como la diabetes, capacidad de cicatrización, medicación habitual —los anticoagulantes, por ejemplo, condicionan mucho el planteamiento y el postoperatorio— y la valoración anestésica previa a cualquier cirugía de este tipo. Con una evaluación preoperatoria adecuada, muchos pacientes mayores toleran bien la intervención y se benefician tanto como uno más joven, aunque los tiempos de cicatrización e inflamación suelen alargarse algo más que en pacientes jóvenes. Lo que sí cambia con la edad es el objetivo: en pacientes mayores busco un rostro descansado y coherente con su edad real, no un rejuvenecimiento que borre el paso del tiempo, porque perseguir ese objetivo suele dar un resultado poco natural y, paradójicamente, menos satisfactorio.

¿Influye ser hombre o mujer en el momento de operarse?

El criterio para decidir el momento es el mismo en ambos casos: el grado de flacidez real, no el sexo. Lo que sí cambia es cómo envejece cada rostro y algunos detalles técnicos de la planificación: la piel masculina es más gruesa y vascularizada, tiende a mostrar antes el descolgamiento de la papada que el de las mejillas, y la presencia de barba y patillas condiciona por dónde se traza la incisión, como explico con más detalle en el artículo sobre las cicatrices del lifting. En mujeres es más frecuente que la primera consulta llegue motivada por la pérdida de definición del óvalo facial o por el descolgamiento del tercio medio. Ninguna de estas diferencias adelanta ni retrasa la edad recomendada en términos generales; solo cambia qué zona conviene priorizar y cómo se diseña la incisión en la planificación quirúrgica de cada caso.

¿Qué pesa más que la edad a la hora de decidir?

La genética es el factor más determinante: dos personas de la misma edad pueden tener una calidad de piel y un grado de flacidez completamente distintos. Junto a ella, la exposición solar acumulada, el tabaquismo, las fluctuaciones de peso importantes y repetidas, y la calidad y elasticidad de la piel evaluada en consulta pesan más que la fecha de nacimiento. Por eso la primera visita no empieza preguntando la edad, sino explorando la piel, el tejido subyacente y las expectativas de la persona; el calendario es solo un dato más dentro de esa valoración conjunta.

No existe una edad «correcta» y desconfío de cualquier respuesta que dé un número cerrado sin haber visto antes el rostro del paciente. Lo que sí existe es un momento razonable para cada persona, que surge de valorar juntos la piel, la salud general y lo que se espera realmente del resultado.

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Sobre el autor

El Dr. Pablo Vaquero es cirujano adjunto de Cirugía Oral y Maxilofacial en el Hospital Universitari Vall d’Hebron (Barcelona) y cirujano en el Instituto Maxilofacial del Centro Médico Teknon. Formado en Hong Kong, Buenos Aires y la Charité de Berlín, es Representante Nacional de Trainees de España ante la EACMFS y autor de publicaciones científicas y del capítulo de Cirugía de Lifting del manual de referencia de la SECOM CyC.