Qué no hacer después de una blefaroplastia
Después de una blefaroplastia, lo que más condiciona el resultado no es lo que se hace, sino lo que se evita durante las dos o tres primeras semanas: no hacer esfuerzo físico ni agacharse con la cabeza por debajo del corazón, no frotarse ni presionar los párpados, no dormir completamente plano ni boca abajo, no usar lentillas ni maquillaje sobre las incisiones hasta que hayan cerrado, no tomar antiinflamatorios ni suplementos que aumenten el sangrado sin consultarlo, y no exponer las cicatrices al sol sin protección. Detrás de cada una de estas indicaciones hay un motivo concreto —casi siempre el riesgo de sangrado o el de una cicatriz peor—, y en mi experiencia explicarlos ayuda mucho más a cumplirlas que entregar una lista cerrada. Esto es lo que indico a mis pacientes y por qué.
¿Por qué hay que evitar el esfuerzo físico y agacharse?
El párpado es un tejido muy fino y muy vascularizado, y en los primeros días los vasos sellados durante la cirugía todavía están frágiles. Cualquier maniobra que aumente bruscamente la presión venosa en la cabeza —levantar peso, agacharse con la cabeza por debajo del corazón, hacer fuerza al defecar, toser de forma repetida o entrenar con intensidad— puede reabrir uno de esos vasos. En la mayoría de los casos eso se traduce solo en más hematoma y más inflamación, y por tanto en una recuperación más lenta. Pero existe una complicación infrecuente que es la verdadera razón por la que insisto tanto: el hematoma retrobulbar, un sangrado por detrás del globo ocular que puede comprometer el nervio óptico y que constituye una urgencia real. Es poco frecuente, pero es evitable en parte, y por eso no negocio esta restricción. En la práctica: nada de gimnasio ni deporte durante unas dos o tres semanas, con reincorporación progresiva y más tardía en el caso de pesas o deportes de contacto; no cargar bolsas de la compra ni coger niños en brazos; agacharse doblando las rodillas y no la cintura; y cuidar la hidratación y la fibra esos primeros días precisamente para no tener que hacer fuerza en el baño. Dormir con la cabecera elevada y evitar el decúbito prono responde a la misma lógica: favorecer el drenaje y no apoyar los párpados contra la almohada.
¿Puedo tocarme los ojos, usar lentillas o maquillarme?
Frotarse es el impulso más difícil de controlar, porque los párpados pican mientras cicatrizan. Conviene resistirlo: la tracción sobre una sutura reciente puede ensanchar la cicatriz y, en el párpado inferior, favorecer una retracción del borde palpebral, que es precisamente la secuela más incómoda de corregir después. Tampoco hay que arrancar las costras; caen solas. Las lentillas se retoman cuando la inflamación ha cedido y el cirujano lo confirma —habitualmente en torno a dos semanas—, no tanto por la lente en sí como por la maniobra de colocarla, que implica traccionar del párpado. Con el maquillaje pasa algo parecido: el problema no es tanto aplicarlo como desmaquillarse, que obliga a frotar; por eso no lo indico sobre las incisiones hasta que están completamente cerradas. Y hay un error frecuente en sentido contrario: muchos pacientes notan sequedad ocular transitoria, o no cierran del todo el ojo al dormir durante los primeros días, y dejan de usar las lágrimas artificiales o la pomada lubricante en cuanto la molestia mejora. Eso no conviene: la lubricación se mantiene el tiempo que se haya indicado, aunque el ojo ya no se note seco, porque protege la córnea justo mientras el cierre palpebral todavía no es completo.
¿Qué medicación, suplementos y hábitos hay que evitar?
Los antiinflamatorios del tipo ibuprofeno y el ácido acetilsalicílico aumentan el riesgo de sangrado, y es habitual que un paciente los tome por iniciativa propia para la inflamación sin pensar que son justo lo que conviene evitar; salvo indicación distinta, el analgésico de elección en ese periodo suele ser el paracetamol. Hay además un grupo de suplementos que casi nadie menciona espontáneamente porque no los considera medicación, y que sí pueden favorecer el sangrado: omega-3 en aceite de pescado, ginkgo biloba, ajo en dosis altas, vitamina E o ginseng. Los pregunto antes de la cirugía por este motivo, y no deben reintroducirse sin comentarlo. Caso aparte son los anticoagulantes o antiagregantes prescritos por otro médico: nunca se suspenden ni se reanudan por cuenta propia, sino de forma coordinada entre el cirujano y quien los indicó. En cuanto a hábitos, el tabaco empeora la oxigenación de los tejidos y la cicatrización, y el alcohol produce vasodilatación y retención de líquidos, de modo que aumenta la inflamación de los primeros días. Tampoco recomiendo sauna, baños de vapor, agua muy caliente, piscina ni mar en las primeras semanas: el calor incrementa la inflamación y el agua no controlada supone un riesgo de infección mientras las incisiones no están cerradas.
¿Qué no hay que hacer con las cicatrices ni con el sol?
La incisión del párpado superior se esconde en el pliegue natural y suele quedar difícil de ver; la del inferior, cuando se hace por vía externa, se sitúa justo por debajo de las pestañas. Pero durante las primeras semanas ambas pueden estar rosadas y algo engrosadas, y esa es justamente la ventana en la que los errores se notan. El principal es el sol: la radiación ultravioleta sobre una cicatriz inmadura puede dejar una hiperpigmentación que después cuesta mucho revertir, y la piel del párpado es de las más finas del cuerpo. Gafas de sol amplias y, una vez la herida ha epitelizado y con el visto bueno del cirujano, fotoprotección adecuada para esa zona. Tampoco conviene adelantarse con masajes, siliconas o cremas «para cicatrices» antes de que se indique: sobre una herida que todavía no ha cerrado son contraproducentes, y el momento de empezar lo marca la revisión, no el calendario. Y hay algo que no es una restricción pero evita mucha angustia innecesaria: no juzgar el resultado en las primeras semanas. Es habitual que un ojo se deshinche antes que el otro y que la asimetría sea llamativa durante unos días; eso no anticipa cómo quedará, porque la forma definitiva tarda meses en asentarse.
¿Qué señales no hay que esperar a que pasen solas?
La otra cara de «qué no hacer» es «qué no ignorar». Lo esperable tras una blefaroplastia es inflamación, hematoma de color cambiante, sensación de arenilla, lagrimeo y visión algo borrosa por la pomada; todo eso mejora progresivamente y no requiere más que las revisiones previstas. Hay en cambio tres situaciones que no deben esperar a la próxima cita. La primera es el dolor intenso y de aparición brusca en un ojo, sobre todo si se acompaña de aumento rápido de la inflamación o de tensión en la órbita, de protrusión del globo ocular o de cualquier pérdida o disminución de visión: es la forma en que se manifiesta un hematoma retrobulbar y requiere atención inmediata, no observación domiciliaria. La segunda es una infección: enrojecimiento que progresa, calor local, secreción purulenta o fiebre. Y la tercera, la imposibilidad de cerrar el ojo con dolor corneal asociado, que hay que valorar para proteger la córnea. En consulta lo digo siempre con las mismas palabras: prefiero ver a un paciente que ha venido por algo que no era nada, que a uno que pasó la noche esperando a ver si se le pasaba.
Buena parte de lo que puede torcerse en una blefaroplastia no depende de lo que ocurre en el quirófano, sino de lo que pasa en las dos primeras semanas. Ninguna de estas restricciones es especialmente exigente, pero todas tienen un motivo, y prefiero explicarlas una a una antes de operar: con el postoperatorio ya empezado se recuerdan bastante peor.
Especialidad relacionada: Blefaroplastia
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Sobre el autor
El Dr. Pablo Vaquero es cirujano adjunto de Cirugía Oral y Maxilofacial en el Hospital Universitari Vall d’Hebron (Barcelona) y cirujano en el Instituto Maxilofacial del Centro Médico Teknon. Formado en Hong Kong, Buenos Aires y la Charité de Berlín, es Representante Nacional de Trainees de España ante la EACMFS y autor de publicaciones científicas y del capítulo de Cirugía de Lifting del manual de referencia de la SECOM CyC.